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ALGO SE MUEVE BAJO TIERRA
por Hernán Migoya

La encrucijada de la animación underground:
entre Internet y la absorción del mainstream


En una época en que la serie televisiva de animación más popular a nivel internacional y con un mayor despliegue de merchandising se basa en el conocido cuarteto "caca, culo, pedo, pis" multiplicado por infinito (me refiero, claro está, a South Park), logrando que el ocio mainstream se apropie de un elemento que hasta ahora pertenecía por derecho incuestionado al reducto underground (la escatología verbal y/o visual), ¿qué terreno le queda a la animación verdaderamente independiente y "subterránea"? Asimismo, el advenimiento de Internet y las infinitas posibilidades que el programa Flash ofrece para todos los animadores (o, mejor dicho, para todo internauta), ¿exterminará o popularizará la animación underground? ¿Nos encontramos, quizá, ante la democratización total del arte animado?

¿Qué es underground?
Pero antes de entrar en liza, ¿qué podemos definir como animación underground o cultura underground en general? En muchos casos, esta cultura viene definida por la falta de ánimo de lucro en sus planteamientos difusores, aunque esa ausencia de ánimo de lucro sea muy difícil de explicar cuando los ingresos económicos de su productora o artista involucrados vienen otorgados por otros caminos indirectos, como la subvención institucional, cuyo solo intervencionismo automáticamente mata uno de los dogmas incuestionables del carácter underground: la inmediatez y espontaneidad del trabajo, y la no existencia de un filtro mediador entre el autor y el consumidor de la pieza. Una obra underground debe responder exclusivamente a las necesidades expresivas de su autor, y sólo ha de estar caracterizada por las peculiaridades artísticas del mismo y por las singularidades de la sociedad que le ha hecho construir su creación en un sentido u otro.

Precisamente es la sociedad real el elemento más importante, junto al propio creador, en la cultura underground, porque no hay un tipo de arte más apegado a la sociedad de su tiempo que el underground, sin prácticamente intercesores institucionales y/o profesionales que desvirtúen su unidireccionalidad sin cortapisas. La obra underground es escupida por el artista por razones prácticamente biológicas (la necesidad de crear, promovida únicamente por su propia biología física e intelectual) y, como ser social, esa obra es digerida y regurgitada por la realidad y la coyuntura de su tiempo: no hay mayor indicador y analista de cualquier época concreta que el arte inmediato que se practica en ella: sin mediadores, sin censuras, sin intereses sociales o políticos. Incluyamos, sin embargo ni miedo, los intereses económicos como connaturales a los del propio artista, que desde la noche de los tiempos se ha visto obligado a comer de su arte.
Cuando el underground deviene cultura de masas.

Respecto a la animación underground en concreto, son tiempos si no peligrosos, sí de recapacitación obligada: si he mencionado South Park como una rara especie de intrusismo de la cultura establecida del ocio occidental en un área tradicionalmente considerada marginada y marginal, la culpa de dicho fenómeno probablemente la tengamos que buscar unos años atrás, hasta remontarnos a ese hoy multimillonario dibujante llamado Matt Gröening. Un señor Gröening que con una sagacidad fruto probablemente de la genialidad inconsciente, aplicó hace ya más de diez años su talento plenamente underground (¿de qué otra manera denominar sus tiras cómicas, como aquélla de Life in Hell en la que un personaje hace esta declaración de amor: "Te quiero, susurran las voces dentro de mi cabeza"?), y obtuvo el mayor y más inesperado de los éxitos al aplicar una perspectiva esquizofrénica a la unidad familiar, base de toda nuestra civilización.

Algo se movió entonces en la industria del ocio, y no fue sólo el hecho de dar pie a una de las mejores, si no la mejor, serie de TV animada de todos los tiempos. La irreverencia social de Los Simpson, junto a su histrionismo visual (¿quién iba a apostar a priori por el éxito de una serie protagonizada por personajes feos y amarillos?), contagió a otros muchos títulos televisivos, historietísticos e incluso cinematográficos. De ahí a la irreverencia verbal sólo había un paso, el que dio Mike Judge con su serie Beavis & Butthead. Esta serie, mucho más relevante de lo que se ha querido reconocer, no sólo puso en tela de juicio la estética de toda una tradición americana de animación —apostando por un feísmo y una crispación visual y "mal hecha" de vocación claramente underground—, sino que trasladó el público potencial de los dibujos animados de los niños a los teenagers, al volcar en dos estereotipos —eso sí, modernos— de adolescentes tarados y mentecatos la mayor parte de los gustos culturales e impulsos, reprimidos o no, del adolescente occidental de finales del siglo pasado. La influencia de Judge en la animación de su tiempo ha sido mayor de lo que muchos creemos, y no es casualidad que su traspaso al cine de imagen real —tras esa serie tan desagradecida y poco apreciada como King of the Hill con la que intentó repetir la jugada— no haya tenido ni la mitad de repercusión que en el campo de los dibujos animados: la imagen real está acostumbrada desde hace tiempo a la transgresión de contenidos, y los hermanos Farrelly son sólo la versión domesticada en clave Generación X de un John Waters.
South Park, por su parte, es simplemente el hijo bastardo del planteamiento creado por Judge, llevado a la exacerbación y al protagonismo infantil: ahora los que dicen tacos y arman baños de sangre son niños. La aceptación por parte de la sociedad de una serie con estas características le quita terreno abonado al underground¸ cuyos confines quedan más limitados ahora, en cuanto a contenidos se refiere.

¿Cuál es ahora, pues, el territorio aún inexplorado por la animación underground, o al menos privativo todavía de ella? Está claro que, respecto a los contenidos, el sexo sigue siendo un tabú en nuestra realidad, y la animación se ha cuidado muy mucho de abordarlo con ecuanimidad, en parte debido a esa cruz que la animación aún arrastra de ser un arte concebido casi mayoritariamente para el público infantil. Por otra parte, y por desgracia, cuando el tema es tratado desde una óptica supuestamente adulta, se hace con afán ridiculizador, artificioso y, paradójicamente, inmaduro: lo cual sólo pone en evidencia lo fundamental que el sexo es en nuestras vidas y lo mal asimilado que está, tanto en la cultura occidental como, especialmente, en las orientales (concretamente la japonesa). En España, capítulo aparte merece la práctica indiferencia que despierta en los ficcionadores la realidad política (supuestamente denunciable, pero que nunca lo es) y social, iglesias raramente sacrilegiadas por el artista con ambición personal y profesional, sea cual fuere su medio.

Si visualmente aún hay terrenos acotados donde la animación de consumo mayoritario no se aventurará jamás —o tardará mucho en hacerlo—, mucho más interesante me parece el campo de la narración como objetivo a marcar por parte de los creadores independientes. Al igual que el cine de imagen real, la animación mainstream ha apostado desde siempre por un tipo de estructura narrativa lineal: la ruptura de esa linealidad, la posibilidad de abandonar ese trillado camino que la ficcionalización estándar ha escogido mayoritariamente, con todas las posibilidades estilísticas y textuales que el propio lenguaje animado permite, es sin duda la probeta en la que los animadores underground deberían experimentar...

[ Muy pronto en las mejores librerías ]