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LOTTE REINIGER: LA REINA DE LAS SOMBRAS
Por Fernando de Felipe

Introducción

Todos hemos intentado en algún momento de nuestras vidas jugar a las "sombras proyectadas" modelando sobre una pared, y con la única ayuda de nuestras manos y una fuente de luz más o menos directa, la imagen de, por poner un ejemplo, un conejo de nariz nerviosa, un perro ladrador o una paloma en pleno vuelo. Grandes o pequeños, hábiles o torpes, imaginativos o recurrentes, todos nos hemos enfrentado a dicho juego de salón con desigual fortuna, sintiéndonos siempre, y en función claro está de nuestra destreza, magos a la vez que artistas. Utilizada indistintamente como materia expresiva, plástica o representativa, la sombra, esa "sustancia" que según la física clásica (y el María Moliner) responde a la "privación o disminución de luz en un lugar por la interposición de un objeto entre el foco de luz y él", es la misma materia mágica (etérea, inaprensible) que los niños, los más pequeños, dibujan como presencia real, tangible, efectiva, nunca como ausencia de luz. La sombra, palabra que si hacemos caso a su raíz latina, umbra, significa al mismo tiempo "ensombrecer" y "asombrar", fue la materia prima de la que se sirvió esa genial y sorprendente artista que fue Lotte Reiniger para crear su particular universo animado. De tan "asombroso" legado, de sus raíces culturales, de las circunstancias que rodearon su gestación y de su posterior influencia, pasaremos a ocuparnos a continuación.


Un pasado en sombras


El árbol genealógico del llamado cine de animación se pierde, como no podía ser menos, en la noche de los tiempos. Al igual que ocurre con la "Gran Historia del Cine", disciplina especialmente proclive a la dispersión retroactiva en la búsqueda e identificación de cuanta fuente antropológica, técnica y cultural pueda rastrearse, la animación, en la medida en que ella misma suele ser presentada comúnmente como preludio directo de lo fílmico, busca sus raíces mucho más allá de sus consensuadas fechas fundacionales. Producto de una evolución antes que descubrimiento puntual, el cine, incluido el de animación, surgiría lenta y pausadamente a través de los siglos de la confluencia de toda una serie de investigaciones y descubrimientos elaborados a partir de un complejo entramado de creencias, relatos, ritos, culturas y formas de entretenimiento. Dejando de lado la mítica caverna platónica por su obviedad metafórica, (1) los orígenes del cine de animación habrían de buscarse ante todo en la propia evolución de las artes figurativas occidentales, en el desarrollo narrativo e icónico de la ilustración popular, en la secuencialidad de las tiras cómicas, en la imagerie d’Epinal o en las revolucionarias propuestas del arte cinético. Estaríamos por lo tanto de acuerdo con la aguda y autoexigente reflexión de Zunzunegui cuando afirma que "deberíamos ser capaces de entender que el cine es una respuesta particular e históricamente fechada a una de las grandes preguntas que se ha hecho la humanidad a lo largo de los tiempos: ¿Qué es representar, en términos visuales, el mundo y las cosas?"(2).

De los mitos primigenios a las observaciones filosóficas, del folklore popular al desarrollo de la óptica, de la literatura fantástica a la representación pictórica, la historia de la cultura (especialmente la occidental) ha estado marcada por la recurrencia de ciertos temas y obsesiones sobre los que el hombre ha vuelto una y otra vez. Y una de las más arraigadas ha sido indudablemente el deseo de (re)crear la vida, la posibilidad de vencer a la muerte, aunque fuese de forma efímera e ilusoria, a través de todo tipo de sistemas de representación. Sistemas, ya sean puramente artísticos o rigurosamente científicos, que siempre se han generado a través de discursos y prácticas de carácter mítico y/o religioso, "magias" en definitiva, que son la base irrenunciable de los espectáculos precinematográficos,(3) antepenúltimo escalón de esa perseverante carrera que nos ha llevado ya en nuestros días a la pretendida conquista (infográfica) de la realidad virtual. Carmona, haciendo suyas las observaciones de Gian Piero Brunetta, sostiene que los antiguos linternistas tenían el poder de "evocar y exorcizar la muerte: el simple rayo luminoso que, como un soplo vital, se posaba sobre los muros (…), creaba realidades ilusorias que aspiraban a ser más verdaderas que lo verdadero, a producir una condición de indistinción absoluta entre la realidad y la ilusión"(4).

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(1) Algunos autores han pretendido ver en la fábula platónica un claro precedente de los espectáculos de sombras chinescas.

(2) Zunzunegui, S.: "En el curso del tiempo." Archipiélago, nš.22. Otoño 1995, págs.13-18.

(3) Linternas mágicas principalmente

(4) Carmona, R.: "De los orígenes de la fotografía a la factoría Edison. El nacimiento del cine en los Estados Unidos.", en (ed.): Historia general del cine. Orígenes del cine (Vol. 1). Madrid: Cátedra, 1998. Pág. 54.

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