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SEXO

Procedo de un continente (o, más bien, de una mitad superior de continente) en la que chuparle la polla al presidente es algo que debe ser ocultado, pero paradójicamente también celebrado hasta el punto de que la chupapollas (¿o la víctima de la polla?) se convierte en una celebridad menor. Ha aparecido en programas de televisión, e incluso ha llegado a escribir unas memorias sobre cómo (je, je, je) llegó a chupar el joystick del presidente. Esta analogía es muy representativa de una sociedad esquizofrénica que nos dice que la expresividad sexual es incorrecta y sólo debe hacerse en privado, pero que a la vez utiliza nuestro deseo, ansia y sed de sexo provocadas por esta aparente carencia para vendernos todo tipo de producto imaginable... salvo el sexo en sí.

Pero, eh... la culpa no es de Estados Unidos. Si quieres señalar a alguien, puedes comenzar con Jesucristo, María y todos los que escribieron y reescribieron la historia de la Natividad. En una de las historias más influyentes del mundo occidental, se nos pide que nos creamos que esa tía dio a luz a un niño como por arte de magia. No hubo embarazo, no hubo cesárea, no hubo ruptura de aguas, no hubo útero ni cordón que cortar. No hubo depresión postparto. No hubo sexo. No hubo embestidas. No hubo lamidas de huevos, no hubo mamadas. Ni siquiera hubo un polvo frío e impersonal en la postura del misionero. No hubo sexo caliente, sudoroso y apestoso de ningún tipo. María no sintió ni una sola vez la dura embestida palpitante de la polla cargada de semen de José. Ya, seguro. Muy bien. Si te crees eso, probablemente también creerás que Dios existe.

Al igual que muchos de mis contemporáneos, fui bautizado y circuncidado, pero nunca fui a la iglesia. Aun así, los valores cristiano-victoriano-puritanos han acabado afectando a mi vida, en particular en lo que respecta al (je, je) sexo. Recuerdo cómo me la pelaba una y otra vez durante toda mi pubertad, porque me daba gusto, me daba mucho gusto. Todo iba bien hasta que mi padre adoptivo me pilló con las manos en la masa y me soltó un sermón. “¡ESO NO ESTÁ BIEN!” Eh... vaya... Gracias, papá-no-de-verdad.

 

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